Origenes Arkael – Parte 1

La cálida luz del fuego que emanaba de la hoguera era lo suficientemente intensa para iluminar aquel frío y húmedo rincón de la caverna. El mismo estaba impregnado con un fuerte olor a hierro y descomposición, mientras que el silencio parecía reinar, solo dando lugar al crujir de la madera bajo las llamas. Estas danzaban al son del mismo, expandiéndose y creciendo a paso lento, para eventualmente erradicar cada vez más la oscuridad imperante.

El silencio pronto se quebró debido al inicio de un creciente sollozo lleno de notable angustia y remordimiento. El fuego no tardó mucho en darle forma a las siluetas que decoraban aquella caverna ya que a medida que este crecía permitía distinguir la fuente de la tristeza, así como también los dos cuerpos inertes que se encontraban a cada lado de ésta, los cuales producían el particular olor. Su tiempo en este plano de existencia ya se había agotado puesto que habían exhalado el último aire, pero la calidez que aún resguardaban y las notorias manchas de sangre fresca que recorrían los simples y campestres ropajes de ambos cuerpos y alrededores permitía entrever que habían enfrentado este destino hace poco tiempo.

Justo en el medio de los cadáveres se encontraba de rodillas la persona cuyo lamento, sumado al vaivén del fuego, sonorizaba la macabra escena. Se trataba de un hombre ya entrado en años, denotado por los mechones blancos que adornaban su larga cabellera negra y poblaban su tupida pero muy prolija barba. De mirada perdida, poseía los ojos irritados y las mejillas inundadas de lágrimas que recorrían sus pocas pero ya marcadas arrugas. Estaba vestido con una larga túnica negra que parecía haber sido tejida con la misma oscuridad que hace momentos reinaba en la caverna, cuyo claro objetivo era pasar desapercibido aquella nefasta noche. Sin embargo, el detalle más resonante era el gran tomo que se encontraba abierto de par en par sobre el suelo, entre sus rodillas y la llameante hoguera. Este permitía observar que en las páginas que se encontraba abierto poseía extraños símbolos y runas que el grueso de la gente no podría comprender.

Con la voz quebrada, el enigmático individuo comenzó a murmurar ininteligibles palabras mientras fijaba su mirada en el libro, traduciendo aquellas extrañas runas. Al compás de su hablar, las llamas comenzaron a arder con mayor violencia y a expandirse cada vez más, a tal punto que la madera que conformaba la hoguera se encontraba totalmente envuelta por el virulento fuego. La intensidad de la lectura también fue en aumento, pasando de murmullos a exclamaciones bruscas hasta que finalmente concluyó en una frase que, extrañamente, fue pronunciada en común.

-“Y A TI A QUIEN MI ALMA ENTREGO, INVOCO EN ESTE TIEMPO DE NECESIDAD, REY DE LOS CINCO INFIERNOS”

Luego de aquel dicho, el fuego se extinguió inmediatamente dejando tan solo las brasas detrás de su paso. El hombre, ahora en silencio y sumido en la oscuridad, secó sus lágrimas con la manga de la túnica mientras observaba expectante los restos de la hoguera. Debido al remordimiento, ni siquiera podía ladear su mirada por temor a ver los dos cadáveres que eran su única compañía aquella noche. O al menos hasta ese momento.

Fugaz y repentinamente, el fuego revivió de la nada misma asustando al hombre y enfocándolo aún más en la escena particular. Pero pronto su semblante mutó a sorprendido, ya que la flama que esta vez se presentaba ante él era de color verde, ondeando en distintas tonalidades del mismo.

Aunque lo más impactante estaba aún por ocurrir ya que la sangre de ambos cuerpos comenzó a arrastrarse por la tierra, como si tuviese vida propia, encaminándose lentamente hacia la extraña luz para luego abrirse paso entre los leños y las llamas, y terminar elevándose en el aire para darle forma a una extraña figura que lentamente iba completándose con el rojizo líquido. Este también formaba extrañas cadenas que sujetaban al macabro ser a la base de la hoguera, reteniendo por completo los movimientos que quisiese hacer afuera de esta.

Al completarse el proceso, pudo distinguirse claramente que lo que acababa de ser invocado tenía un aspecto absolutamente demoníaco, con enormes alas desplegadas en su totalidad que goteaban el viscoso fluido que las formaba, y prominentes cuernos que se originaban desde donde debería tener orejas y se curvaban de forma tal que casi tocaban sus puntas sobre la cabeza. El solo avistamiento de una criatura de estas características haría a cualquier persona huir a la capacidad completa de sus funciones, pero no al misterioso hombre que se había tomado el trabajo de realizar el ritual, quien se mantenía arrodillado en el mismo lugar.

El verdoso fuego comenzó a abrazar y recorrer al demonio, asentando los detalles y dotándolo de la tonalidad característica, dejando atrás la rojiza y goteante forma previa. Las cuencas vacías dónde deberían estar ubicados sus ojos parecían observar con profundidad al humano, que devolvía aquella mirada de manera expectante. El ente se inclinó hacia atrás e inspiró hondamente, llenando sus pulmones del aire, humo y cenizas que lo rodeaban. Volvió a erguirse y colocar su atención sobre el mortal, mientras que un verdoso resplandor emanó de su vacía mirada. Entreabrió sus fauces y dejó escapar una antinatural y gutural voz que resonó en toda la caverna, ahora sí helando la sangre de su invocador.

Arkael

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